Alguien me enseño una vez que cuando miras al cielo y ves una estrella fugaz hay que pedir un deseo. También me enseñaron que si deseas algo con muchas ganas lo más probable es que se cumpla; pero a medida que el tiempo fue pasando y yo crecí me di cuenta que muchos de los deseos que uno pide nunca se harán realidad, ni siquiera cuando soplas las velitas en el cumpleaños.
Entonces me pregunto ¿Para qué te enseñan todo eso si a fin de cuentas lo único que harás será desilusionarse? Quizás es para que uno se equivoque o caiga y con eso aprenda. Porque dicen que de los errores se aprende; ya está bien, uno aprenderá pero ¿A qué precio? ¿A un corazón roto o una lagrima derramada? Y qué pasa con todo el daño que uno se hace en el camino, con todas las lagrimas derramadas y los rollos de confort gastados. Creo que todo eso se omite porque a fin de cuentas “te haces más fuerte”.
¡Eso es una gran mentira! Uno no se hace más fuerte, se hace más vulnerable y miedoso. Porque todo te da miedo; te da miedo volver a sentir, volver a amar y por sobre todas las cosas te da miedo volver a vivir. Y es lógico ¿Quién quiere volver a sufrir? Nadie, al menos que sea masoquista.
Lo que yo recomiendo es tener los pies bien puestos en el suelo. No digo que uno no se ilusione de vez en cuando y se deje llevar con una fantasía, pero siempre aterriza ese pensamiento.
Mira que uno mientras más alto vuele, más fuerte es el aterrizaje.
Solitaria.
Solitaria.

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