lunes, 20 de mayo de 2013

Les Jours tristes

Cierra la puerta detrás de ella y comienza a caminar calle abajo.
Las manillas del reloj con correas de cuero café indican que son las nueve con once minutos y el segundero avanza con prisa para su gusto.
Va dando pequeños saltos mientras baja los escalones de cemento, su vestido danza a sus espaldas con el viento, al igual que su largo cabello suelto.
Cruza la vereda y se encuentra con el trolebus esperando por más pasajeros. Guarda el boleto en el bolsillo del vestido y se sienta en los sillones de cuero.
El día está nublado, mas el sol aprovecha cada instante para asomarse entre las nubes, por eso cierra de vez en cuando los ojos dejando que los rayos le iluminen la cara.
Avanzan a una velocidad moderada, pero ella siente que todo avanza rápidamente; ve niños corriendo, mujeres riendo, hombres caminando deprisa, amigos conversando, perros ladrando, autos tocando sus bocinas, semáforos cambiando de verde a rojo, árboles moviéndose por el viento, bebes llorando, gatos olisqueando, personas hablando por sus celulares, otras escuchando música por sus audífonos ajenos a todo.
Llega a su parada, toca el timbre y le abren las puerta. Desciende para continuar caminando; cruza calles, esquiva personas, les sonríe a otras. Saluda a una vieja conocida, ayuda a un anciano cruzar la calle.
Entra en en el mercado para comprar lo necesario, conversa algo con la mujer que vende alcachofas frescas, saluda a el caballero de las manzanas verdes.
Sale con las bolsas en la mano, afuera comienza a llover. El clima está demasiado raro.
Abre el paraguas que llevaba consigo y camina hasta la parada. El trolebus llega con un poco de retraso y sube en él, es el mismo chofer, le saluda con una sonrisa y se sienta en el mismo asiento.
Ve nuevos rostros, nuevos autos, nuevos perros y gatos.
Baja los escalones del trolebus y camina hasta su casa, no hay nadie dentro del edificio. Ni siquiera sus vecinos se asoman cuando abre la puerta principal. El gato sale a recibirla y se pasea entre sus piernas por un momento.
Deja todo sobre la mesa y toma los binoculares. Sí, él está ahí, pintando tranquilamente y, aunque sea raro, se tranquiliza ella.

Solitaria.

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