martes, 11 de septiembre de 2012

Beatitudo

Espero... uno, dos, tres. Miro el horizonte, el sol comienza a decaer lentamente, nadie lo nota. La noche se avecina, me llama, me llama.
Respiro profundamente, siento como el oxigeno llena mis pulmones, me siento elevar y me dejo llevar. Cierro los ojos, a lo lejos se escucha como las olas rompen contra las rocas; una tras otra, siguen, no paran, igual que el palpitar de mi corazón. Siento un pequeño mareo, separo las piernas para no perder el equilibrio y lo siento. Siento ese calor en mi espalda, el mismo que se siente más y más cada ve que pasan los segundos; luego le sigue esa sensación de escalofrío cuando un inocente roce comienza a bajar desde mis hombros hasta llegar a mis manos.
Me abrazo a mi misma, intento abrir los ojos, una briza hace bailar sin miedo mi cabello; cierro los ojos de golpe, pues tu tacto fue decayendo hasta casi no sentirse. Algo aprieta mi mano, me tira y no lo puedo detener, intento soltarme y salir corriendo, pero ya entre en el juego. Es un tira y afloje que sé perfectamente que no ganaré.
Sólo me queda esperar... cuatro, cinco, seis.


Solitaria.

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